viernes, 3 de septiembre de 2010

La piel de los tomates

Antonio siempre tenía libros y papeles encima de la mesa y nos leía unos cuentos fantásticos en clase de Creatividad Literaria. Recuerdo con cariño un relato de José Jiménez Lozano (Langa, 1930) titulado La flor del almendro. En él, un hombre no podía proteger la flor, que al final era presa del frío. Y esa flor es un símbolo. No quiero contarlo aquí porque el cuento es precioso y merece la pena leerlo. Otro de los relatos que leímos fue Una taza de té, objeto que también es símbolo en la historia. Este verano he tenido la oportunidad de leer los cuentos de uno de los libros que descansaban en la mesa de Antonio, La piel de los tomates. En él se incluye Una taza de té y otras historias fantásticas como Un artista. En todos el lector disfruta del inconfundible tono de Jiménez Lozano: sensible, claro y sencillo; pero a la vez enigmático. Es capaz de dotar a las historias comunes de un aura de magia increíble. Encierran el misterio de lo cotidiano. A veces, tengo la sensación incluso de no haberlos comprendido. Lo mismo sucedía cuando en clase nos explicaban que el significado del símbolo, a diferencia de otras figuras como la metáfora, no se agota. Yo me quedaba pensando qué sería exactamente eso de no agotarse. Me costaba entender cómo el significado de algo podría ser inagotable. Y creo que al releer Una taza de té lo he comprendido un poco. Cuando lo volví a leer, sentí de nuevo la inquietud, la magia de esa escena en la que se van dando respuestas a las incógnitas planteadas al comienzo del relato. Pienso que es un cuento que seguirá fascinándome cuando lo vuelva a leer dentro de un tiempo. Una sensación, que como el símbolo, no está limitada.

La piel de los tomates en la biblioteca del edificio Koldo Mitxelena, en San Sebastián.

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