viernes, 21 de enero de 2011

Croqueta e hilo

La niña se empinó agarrándose a la mesa para alcanzar una fuente que despedía un aroma delicioso. No pudo llegar hasta el recipiente así que se dirigió al hueco de la escalera donde encontró varias cajas de cartón. Arrastró hasta la cocina una que contenía botellas de aceite de oliva y se subió encima. La fuente ya estaba en sus manos. Tomó una de las cucharas manchadas de harina, se retiró los mechones de pelo que le caían por encima de los ojos y hundió el cubierto en los bordes de la masa humeante. "¡Que te vas a quemar!", le advirtió la abuela precipitándose en la sala. "La masa se está enfriando todavía. Después, hacemos juntas las croquetas, ¿vale? " , sugirió mientras cogía a la pequeña en brazos. La nieta asintió sonriente y se sentó en una de las sillas de madera. La abuela también se sentó y colocó en sus rodillas la caja metálica de pastas de té donde guardaba las madejas de hilo, el dedal, el metro y las tijeras. "Vamos a coserle estos pantalones al yayo. Tráeme las gafas del salón", pidió la mujer. La niña corrió a por las lentes y se las puso a la abuela en el regazo. "Toma, yaya. ¿Te puedo ayudar?", preguntó. "Mira, te voy a enseñar cómo se enhebra el hilo en la aguja", dijo la abuela mientras levantaba la aguja e introducía el cordel por su agujero diminuto. Después, marcó los bajos del pantalón, los recortó y comenzó a coser las costuras. La niña observaba embelesada la habilidad de la modista. Cuando terminó el arreglo, la mujer le dijo que se lavase las manos para comenzar a moldear las croquetas. "Coge un poco de masa y dale forma", le indicó. "Yo quiero hacerlas como bolitas", comentó la niña, que ya había comenzado a darle forma esférica a la masa. Cuando estuvieron listas, las pasaron por pan rallado y huevo. Más tarde, las frieron y las tomaron para cenar. "Mmmm, ¡qué ricas, yaya! ¿Qué llevan?", se relamía la pequeña. "Es una receta secreta. Te voy a contar el truco solo a ti. Ven", le dijo la abuela. La niña se acercó y la mujer le conto la receta paso a paso al oído. "Podríamos hacer una fábrica..., la de las mejores croquetas, ¡las de la yaya!", exclamó la niña. Y devoró feliz otra de las croquetas.

*A mi abuela Marina, que desde hace dos años nos cuida desde el cielo.

3 comentarios:

Sergio dijo...

Las mejores croquetas siempre son de la yaya.

B dijo...

Mi abuela, mi yaya, que sigue con nosotros, ya no puede hacer croquetas. Pero hace muchos años nos enseñó a hacer rosquillas. Que no son croquetas, pero que también sirven :)

Leire dijo...

Croquetas y rosquillas de la yaya, perfecto :)