viernes, 14 de enero de 2011

Enlatados

Tupés Amy Winehouse, bastones y carritos de bebé. Todos congregados en unos pocos metros cuadrados, los de la villavesa-autobús número once. El viernes pasado, primer día de Rebajas, por motivos alejados de las compras, tuve que acudir a un centro comercial de Pamplona. Ya desde el transporte público, en el que íbamos enlatados sufriendo el perfume ajeno, comprendí lo que se avecinaba: las imágenes de las televisiones (gente esperando en puertas, señoras luchando por una blusa, colas infinitas frente a las cajas...), esas que ilusamente achacas a las grandes capitales, pueden hacerse realidad en tu ciudad. Cuando llegué al centro comercial no sólo tuve que tener cuidado con la riada humana que subía y bajaba de la villavesa-autobús, sino con los coches desenfrenados que lamían los pasos de cebra y casi los bajos de mi abrigo. Claro, una vez llenas las bolsas y haber gastado diez horas (y unos cuantos billetes) en un par de tiendas, hay que recuperar el tiempo perdido conduciendo como si manejáramos un Fórmula 1.

Cuando llegué al final de las escaleras mecánicas vi tiendas completamente llenas, cual bar en Sanfermines. Los tupés Amy Winehouse y las conductoras de carritos y bastones se arremolinaba alrededor de las montañas de ropa, alcanzaban las prendas, las sobaban, rechazaban unas y escogían otras para llevárselas a la kilométrica cola del probador. En las cajas las colas alcanzaban las mismas dimensiones que las filas para guardar el turno en Port Aventura en agosto. Decidí acudir a la única tienda que mantenía su nivel de clientela habitual, la de animales. Ajenos a la borágine de tarjetas de crédito y el sudor concentrado, varios hámsters roboroswki comían en sus jaulas. Los hámster panda incluso dormían tranquilos. Pero los descuentos también habían llegado a la pet-shop: llévate tres peces y paga dos. Los ratones de laboratorio también dormían. Fuera, las tarjetas de crédito seguían circulando con alegría y las bolsas dominaban el pasillo. Pero no todo era fiesta aquella tarde. En las puertas de las tiendas, muchos esperaban sentados en bancos. Varios niños danzaban aburridos alrededor del ascensor. Algunos pequeños, ya hartos de esperar, se tiraban por el suelo o apuraban una bolsa de gusanitos. Lo que más me conmovió fue un señor que, sentado junto a un montículo de ropa, sujetaba con resignación el bolso de su mujer. Me vino la imagen de uno de los roboroswki, que corría en la rueda.
En las imágenes, de google, un centro comercial enlatado y Patricia Conde con la combinación más difícil: rebajas y tacones.

1 comentario:

Teuvo Vehkalahti dijo...

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