martes, 29 de noviembre de 2011

Conocer a los escritores desde sus otros oficios

Afirmaba la escritora Flannery O´Connor (Georgia, Estados Unidos, 1925-1964) que “la ficción trata de lo humano, y estamos hechos de polvo. Si se desprecia el cubrirse de polvo, entonces no se debe intentar escribir ficción”. Eliminaba así cualquier atisbo de divinidad en la labor literaria y destacaba que es un trabajo muy duro. Un enorme grupo de escritores a lo largo de la historia comparten y confirman la aseveración. Muchos, además, incluso demostraron que eran capaces de cubrirse con el polvo de la literatura y también con el de otros oficios que les permitieron sortear el hambre y sobrevivir. El libro Trabajos forzados. Los otros oficios de los escritores, de la italiana Daria Galateria (Roma, 1950) y traducido al español por Félix Romeo (Editorial Impedimenta, 198 páginas) da cuenta de las diversas profesiones en las que trabajaron reconocidos escritores del siglo XX como Jack London, Dashiell Hammett, Franz Kafka y George Orwell.

La obra, dividida en 24 capítulos, uno para cada escritor, más una introducción que actúa como marco, narra a buen ritmo los aspectos más interesantes e increíbles de sus biografías. Entre ellos, relata las aventuras de Lawrence de Arabia, que viajó Oriente como soldado y arqueólogo; los trayectos del aviador Antoine de Saint-Exupéry; y la retahíla de trabajos que desempeñó Maxim Gorki, como repartidor, pinche de cocina, pescador y empleado en una zapatería. Los relatos son como pequeños cuentos, directos, con gancho, pero con una documentación muy rica, apoyando en datos cada afirmación e incluyendo declaraciones que dejaron por escrito los autores. En ellas, reflexionan sobre su vida y su trabajo. Recoge, entre otras, citas como la de Thomas Eliot, que se empleó como banquero: “La poesía no me ha sido de gran ayuda en mi carrera bancaria; en cambio, mi trabajo en la banca me ha permitido escribir mis poemas. Por la noche, no tenía el espíritu envenenado del trabajo del día y podía llevar adelante dos vidas intelectuales distintas”.

Rememora palabras como las de Charles Bukowski, que desempeñó diversos trabajos, como conductor para la Cruz Roja, empleado en un almacén y cartero, y escribía, comparándolo con las conferencias que impartía, que incluso le provocaban vómitos, que “es más fácil trabajar en una fábrica. Allí no hay tanta presión”. Como escribió Giovanni Bogliolo en Book Avenue y se destaca en la contraportada de la obra: “Trabajos forzados constituye una excelente oportunidad para ver a los escritores desde una perspectiva inédita”.

Atestigua que vivieron situaciones de penuria, hambre, enfermedad, abandono, al tiempo que narra historias de superación e ingenio y aventuras fascinantes. Retrata el carácter peculiar de cada escritor, muchos de ellos con vocación nómada, su talento y su forma de abrirse paso en un mundo complejo, en el que la literatura se convertía en su cobijo y en su cárcel.

*En la imagen, un ejemplar de Trabajos forzados, que viaje en tren destino Pamplona. Gracias a Michelle Unzué por este estupendo regalo literario :) .

jueves, 24 de noviembre de 2011

Los buenos amigos

* La universalidad de la amistad en Cinema Paradiso y El viejo y el mar

Alfredo
, operario del cine de un pueblo italiano de finales de los 40, conduce al pequeño Totó a través de la magia de los rollos de película y le descubre los secretos del proyector. A miles de kilómetros de allí, en Cuba y en otro tiempo, el viejo Santiago enseña el oficio de la pesca al joven Manolín. Estas dos historias, literaria y cinematográfica respectivamente, atesoran dos hermosos relatos de amistad entre un maestro y su aprendiz. Alfredo y Totó son los protagonistas de Cinema Paradiso, una bella película de tributo al cine dirigida Giuseppe Tornatore en 1988. Por su parte, Santiago y Manolín viven en las páginas de El viejo y el mar, novela escrita en 1951 por el Premio Nobel de Literatura Ernest Hemingway. Ambas obras, que abordan en profundidad otros temas como la relación de un anciano pescador con la naturaleza, el respeto y la dignidad (El viejo y el mar); o el amor por el cine, la vida en la posguerra y el paso del tiempo (Cinema Paradiso), también dan cuenta de estas historias de amistad en las que se pueden encontrar algunos paralelismos.


En los dos relatos, los maestros enseñan su oficio al discípulo, al que profesan un gran cariño. Los jóvenes, a su vez, quieren y admiran al maestro y le ayudan ante las dificultades. Tanto el muchacho de El viejo y el mar como el niño de Cinema Paradiso no cejan en su empeño de permanecer junto a su amigo, al que ayudan en las dificultades: el viejo pescador lleva mucho tiempo si agarrar ni un solo pez y Alfredo pierde la vista en un accidente. Los maestros, llegado el momento, también recomiendan a los chicos lo mismo, que se marchen y cumplan sus sueños lejos de ellos. El viejo aconseja al muchacho seguir con la barca que le recomienda su familia, que sí pesca habitualmente, y el operador de cine pedirá a Totó, cuando ya es un joven: “¡Márchate! ¡No quiero oírte más! ¡Sólo quiero oír hablar de ti!”.

Aunque las dos obras narran y desgranan situaciones y temas muy diferentes, es interesante observar la belleza con la que cuentan las dos relaciones de amistad, las similitudes entre los comportamientos de los personajes, su universalidad, la empatía que surge con el lector y con el espectador. Sus estilos narrativos también son distintos desde la base por tratarse de dos artes diferentes, la literatura y el cine, pero en esas diferencias tan ricas, los parecidos dan cuenta de la importancia de la amistad, del valor de esa figura que transmite su sabiduría, tanto en aspectos más técnicos (la proyección de cine, la pesca...), como en el ejemplo personal insustituible (el esfuerzo, la curiosidad, la dignidad, el tesón...).

Tanto Cinema Paradiso, que consiguió el Oscar a la mejor película de habla no inglesa, como El viejo y el mar, galardonado con el premio Pulitzer en 1953, son historias que funcionan siempre, cautivando a quien las lee o ve por su fuerza a la hora de transmitir sentimientos.

sábado, 12 de noviembre de 2011

Viajar al ritmo de Cuba

Para conocer cualquier lugar hace falta tiempo, mucho tiempo, para acercarse, detenerse y sentir el corazón de la tierra. Y eso es lo que hace el periodista César G. Calero en su libro Cuba a cámara lenta. Retrato de una isla impredecible, un excelente obra de periodismo viajero, ganadora del Premio Eurostars Hotels de Narrativa de Viajes 2010, que nos conduce a través de la perla del Caribe. Con sus reportajes, el lector sale de las rutas habituales y conoce una Cuba distinta, un lugar fascinante que late a su ritmo. Uno de los aspectos más interesantes de este libro son sus personajes, cubanos de la costa y del interior que cuentan su historia como sólo ellos, que la han vivido y la viven en su piel, pueden contarla. Y Calero nos conduce hasta ellos a través de su propia experiencia en la isla, donde fue corresponsal durante 5 años. Consigue retratarla con destreza rompiendo tópicos, con cariño y humor, pero sin dejar de lado la crítica. Logra marcar el ritmo, el tiempo cubano, que uno pronto se da cuenta que fluye de forma distinta a cualquier otro lugar, a través de algunas de las historias que atesoran La Habana, Santa Clara, Santiago, Baracoa... También destaca la labor documental del autor, que aporta información histórica y reflexiones de otros autores, que se entrelaza en sus crónicas. Da cuenta del ingenio insuperable de los cubanos para salir adelante, de testimonios increíbles de inmigración, de historias del azúcar, de la Revolución, de locales que cuidan el arte y luchan por la libertad, de la dejadez mísera que asola muchos lugares, de las tradiciones que siguen vivas..., narrado siempre con voces cubanas. En la imagen, el ejemplar de Cuba a cámara lenta que me prestó Nerea Alejos. ¡Gracias! :)