jueves, 30 de mayo de 2013

El otro idioma

Abrió la tapa del contenedor y se metió de cabeza hasta el pecho. Apenas tendría unos cuarenta años, llevaba el cabello recogido en una coleta y vestía una cazadora raída y una falda por debajo de la rodilla. Sacó una bolsa de basura negra y la inspeccionó. Poco se podía aprovechar de aquellos desperdicios. Tomó un cartón de yogures sin abrir y un peine combado y la devolvió. Entonces se percató de que, sentado en la acera, estaba Nico, mi vecino del tercero. Se acercó a él y se agachó hasta ponerse a su altura. Yo los observaba desde el balcón.

Nico tiene siete años y mi padre me contó que sufre autismo. No sé muy bien lo que es, pero está claro que es el niño más listo del barrio. Y me atrevería a decir que de Ávila entera. La mujer le saludó, pero él siguió mirando al vacío. Ella no se rindió. Siguió hablándole despacio, sonriente, en un idioma que no entendí. Ni español ni inglés. Ruso o rumano, tal vez. Parecía mi madre cuando nos contaba los cuentos por las noches. Nico la miró y le respondió con una sonrisa.

*El microrrelato con el que quedé finalista en el concurso El Autismo Cuenta, organizado por CuentaCuarenta, junto a la Asociación Autismo Ávila. En la fotografía, la Plaza Mayor de Ávila, en noviembre de 2012.